No todos los mitos son iguales. Los hay luminosos y esclarecedores, como el mito de la caverna de Platón, que nos advierte sobre el excesivo apego a la fiabilidad de nuestros sentidos, haciéndonos restar así en las sombras, y sobre la función del filósofo como libertador que guía hacia la superficie, hacia la verdad, el mundo inteligible. Asimismo, los hay ambiguos y claroscuros, aquellos que dependen más bien de la lectura que se haga de su moraleja que de ellos en sí, ya que ofrecen diversas interpretaciones, algunas de ellas contrapuestas, como el mito de Prometeo, pues a un mismo tiempo, puede verse como una alegoría de la rebelión del espíritu humano contra las limitaciones impuestas por los dioses, pero también como una advertencia sobre los peligros de desafiar la autoridad divina. No obstante, también los hay oscuros y confusos, aquellos que, de suyo propio, embrollan la interpretación que puede hacerse de ellos, impidiendo así que las sombras puedan ser disipadas o las diversas lecturas clarificadas, como el mito de Adán y Eva, ya que, a partir de las explicaciones que ofrece, a saber, la del surgimiento de la mujer a partir de la costilla del hombre o la creación de este a partir del barro, acarrean una serie de contradicciones manifiestas en aquellos que interpretan el mito (lo crees o no lo crees, no hay doble sentido en este caso).
A lo largo de la historia, se han dado numerosos mitos en virtud de los cuales se han atribuido cualidades excepcionales a hombres inexistentes u otorgado realidades a cosas que no eran tales. Hogaño, pareciera que los mitos yacen en el más absoluto pretérito, que ya no son necesarios, pues bloquean más que liberan, estorban más que ayudan y distorsionan más que despejan. Sin embargo, los mitos tienen alguna razón de ser, al menos en función de sus servicios prácticos, y, por ello, son susceptibles de ser investigados e inquiridos para encontrar, al margen de su irrealidad o no, su significado, su sentido, pues el mito supone de por sí, por minúsculo que pueda ser, algún tipo de conocimiento, de logos. A tal efecto, si bien es cierto que los mitos de Pandora o del diluvio universal asumieron el papel de interpretar el mundo en el que fueron concebidos, ¿no cabría acaso preguntarse por los mitos que operan en la actualidad y, por ende, asumen un nuevo papel interpretador?
Los pilares que sostienen el mundo moderno son numerosos, empero, uno de ellos se asemeja al de los antiguos mitos en tanto que construcción sometida al lenguaje, al conocimiento, a la percepción y a los grados de conciencia que los hombres tienen de la realidad que los envuelve y sobre la que operan, a saber, la ideología. Esta podría definirse como un sistema de conceptos e ideas socializadas vinculadas a grupos sociales determinados y, en cierta medida, cerrados, como corporaciones empresariales, instituciones políticas, partidos políticos, movimientos sociales, clases sociales, etcétera, que están en conflicto con otros grupos sociales en virtud de dicha ideología, la cual les caracteriza y guía a la hora de conservar, transformar o restaurar la realidad en la que se desenvuelven.
Mucho se ha dicho de las ideologías, incluso se ha llegado a decir que “el hombre es por naturaleza un animal ideológico” (Althusser, 1970, p. 30). Es por esto por lo que cabe preguntarse si, bajo el amparo de estas, es decir, las ideologías, podrían subsistir mitos capaces de confundir y oscurecer la (nuestra) realidad. Frente a las distinciones y maniqueísmos varios que siguen funcionando y teniendo absoluta vigencia en la mayoría de las poblaciones (el choque de civilizaciones, las dos Españas, etcétera), destaca uno sobre el que se presenta conveniente realizar una aclaración conceptual e identificar empíricamente, el cual no es otro que la brújula política e ideológica por excelencia, el conocido como eje izquierda-derecha. Por lo general, dicho eje es conceptualmente entendido, ya sea por el ciudadano medio o politólogos, historiadores y periodistas expertos, como algo obvio, algo que, para entenderlo, pareciera que basta con señalar con el dedo a un determinado grupo social o partido político y decir “esto es la izquierda” o “esto es la derecha” para realizar análisis de todo un espectro político o elaborar predicciones y pronósticos sobre el mismo. Es por esto por lo que, al hablar de izquierda o derecha, ambas por separado y como un todo único, cerrado o clausurado, amplios sectores de la población, si no toda, se encuentran en la ceguera y la confusión ideológicas, tanto aquellos que se reconocen de izquierda como aquellos que se reconocen de derecha.
A pesar de que ambas partes, izquierda y derecha, merecen ser tratadas, en la exposición presente se ha optado por abordar única y exclusivamente la primera, si bien es cierto que se harán algunas referencias a la segunda. Dicha elección bien podría justificarse a raíz de numerosos sucesos acontecidos en el panorama político español en la última década relacionados con la izquierda o, al menos, con aquello que comúnmente se entiende por izquierda, como la fundación del partido político Podemos en 2014, el retorno del Partido Socialista Obrero Español a la Presidencia de Gobierno en 2018 o el primer gobierno de coalición de signo izquierdista en 2020, sobre todo cuando se pueden leer en la prensa algunos titulares, cuando menos llamativos, sobre la misma, tales como “¿Por qué hay tantos traidores en la izquierda?” (Fernández, 2016), “¿Qué está pasando con la izquierda en Europa?” (Rodríguez, 2022), “La izquierda ha muerto, viva la izquierda” (Zerolo, 2022), “La unidad desestructurada de la izquierda” (Maestre, 2023), “Imaginación e ideas: ¿a dónde va la izquierda?” (Fanjul, 2023), “¿Qué le pasa a la izquierda?” (Arias, 2024), “¡Oh cielos, la izquierda no es izquierdas!” (Martínez, 2024) o “¿Y ahora cuál es la “verdadera izquierda”?” (Orellana, 2024). Si algo comparten todos estos rótulos de prensa es el número gramatical del sustantivo que los protagoniza: la izquierda, que está dicha en singular, incluso aunque sea referida a un plural (“traidores”).
Hablar de la izquierda en singular conlleva, en el ámbito político, sociológico, ideológico, etcétera, no así en el topográfico o aritmético, pensar la izquierda como un todo único, inamovible, es decir, supone hablar de una sustancia o principio activo que estaría incorporado a todos y cada uno de los actores considerados de izquierda, por distintos que estos sean y actúen en la realidad (es harto obvio que, por ejemplo, existen diferentes partidos que se dicen de izquierda o que no todas las personas que se reconocen de izquierda son iguales). Hablar de la izquierda en un sentido unívoco, implica aferrarse a la idea de una supuesta esencia universal, inmutable e inaprensible, acaso eterna, que determinaría apriorísticamente a todas las personas, movimientos, corrientes, organizaciones, etcétera, consideradas de izquierda por más diversas, incluso contrapuestas, que sean sus prácticas políticas y vitalismo. Y es por todo esto por lo que el filósofo español Gustavo Bueno Martínez advirtió sobre la existencia de un mito contemporáneo, el mito de la izquierda, el cual calificó de “oscurantista en cuanto oculta las diferencias e incompatibilidades entre diferentes corrientes de izquierdas; \[y] confusionario porque no permite distinguir las diferentes corrientes que están comprendidas en su nombre” (Bueno, 2021a, p. 21). En definitiva, los mitos no solo continúan existiendo, sino que siguen confundiendo.